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Cartas a las escuelas (fragmento) PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por Jiddu Krishnamurti   

15 de Octubre de 1978

La bondad sólo puede florecer en libertad. No puede hacerlo en el suelo de la persuasión bajo ninguna de sus formas, ni bajo compulsión, ni tampoco es el resultado de la recompensa. No se manifiesta cuando existe cualquier clase de imitación o conformidad y, naturalmente, no puede existir cuando hay temor. La bondad se muestra a sí misma en la conducta, y esta conducta tiene su base en la sensibilidad.

Esta bondad se expresa en la acción. Todo el movimiento del pensar no es bondad. El pensamiento, que es tan complejo, debe ser comprendido, pero la misma comprensión del pensamiento hace que éste se dé cuenta de su propia limitación.

La bondad no tiene opuesto. La mayoría de nosotros considera la bondad como el opuesto de la maldad o del mal, y así es como a lo largo de la historia y en cualquier cultura, la bondad se ha visto como la otra cara de lo brutal. Por eso el hombre ha luchado siempre contra el mal, a fin de ser bueno; pero la bondad nunca puede surgir si existe forma alguna de violencia o lucha.

La bondad se revela a sí misma en la conducta, en la acción y en la relación. Generalmente, nuestra conducta diaria se basa o bien en el seguimiento de determinados patrones mecánicos y, por ende, superficiales, o está de acuerdo con algún motivo, pensado muy cuidadosamente, que tiene su fundamento en la recompensa o el castigo. De modo que, consciente o inconscientemente, nuestra conducta es calculada. Y esto no es buena conducta. Cuando nos damos cuenta de ello, no meramente de manera intelectual o amontonando palabras, entonces de esa misma negación total nace la verdadera buena conducta.

La buena conducta es esencialmente, la ausencia del sí mismo, del yo. Se revela en la cortesía, en la consideración por los demás, en el ceder sin pérdida alguna de integridad. Así la conducta se vuelve extraordinariamente importante; no es un asunto casual que pueda pasarse por alto o un juguete para una mente sofisticada. Esa conducta surge de la profundidad del propio ser y forma parte de nuestra existencia cotidiana.

La bondad se muestra en la acción. Debemos diferenciar entre acción y conducta. Posiblemente ambas son la misma cosa, pero por claridad deben ser separadas y examinadas. Actuar correctamente es una de las cosas más difíciles de hacer. Es algo muy complejo y debe ser examinado muy detenidamente, sin impaciencia y sin saltar a ninguna conclusión.

En nuestra vida de todos los días, la acción es un movimiento continuo desde el pasado, interrumpido ocasionalmente con una nueva serie de conclusiones; estas conclusiones se convierten entonces en el pasado y uno actúa de acuerdo con ellas. Actúa de acuerdo con ideas preconcebidas o ideales y, de ese modo, está actuando siempre, o bien desde la acumulación de conocimientos –que son el pasado- o desde un futuro idealista, una utopía.

Nosotros aceptamos una acción así como algo normal. ¿Lo es? Si la cuestionamos es después de que ha ocurrido o antes de realizarla, pero este cuestionamiento se basa en conclusiones previas o en una futura recompensa o castigo: “Si yo hago esto, obtendré aquello”, y así sucesivamente. De modo que ahora estamos cuestionando toda la idea aceptada acerca de la acción.

La acción tiene lugar después de haber acumulado conocimientos o experiencia; o acumulamos y aprendemos de esa acción agradable o desagradable, y este aprendizaje se vuelve a su vez acumulación de conocimientos. Por lo tanto, ambas acciones están basadas en el conocimiento: no son diferentes. El conocimiento es siempre el pasado, y así nuestras acciones son siempre mecánicas.

¿Existe una acción que sea no-mecánica, no-repetitiva, no-rutinaria y que, por lo tanto, nunca tengamos que lamentar? Esto es realmente muy importante que se comprenda, porque donde hay libertad y la bondad florece, la acción jamás puede ser mecánica. El escribir es mecánico, aprender un idioma, manejar un automóvil son acciones mecánicas; es mecánico adquirir cualquier clase de conocimiento tecnológico y actuar conforme a ese conocimiento. Por otra parte, en esta actividad mecánica puede que haya una pausa, pero en esa pausa se forma una nueva conclusión, la que a su vez se vuelve mecánica. Uno debe tener en cuenta constantemente que la libertad es esencial para la belleza de la bondad. Existe una acción no-mecánica, pero es usted quien tiene que descubrirla. Esta no se le puede enseñar, ni puede instruírsele al respecto; uno no puede aprender de ejemplos, porque entonces tal acción se vuelve imitación y conformidad. Entonces se ha perdido la libertad completamente y no hay bondad.

Creo que para esta carta es suficiente, pero en la próxima continuaremos con el florecimiento de la bondad en la relación.

 

1º de Octubre de 1978

Debemos continuar, si se me permite, con el florecimiento de la bondad en todas nuestras relaciones, sean ellas muy íntimas o superficiales, o conciernan a las comunes circunstancias cotidianas. La relación con otros seres humanos es una de las cosas más importantes que existen en la vida. Pocos de nosotros somos muy serios en nuestras relaciones; nos interesamos primeramente en nosotros mismos, y el otro nos interesa cuando es conveniente, satisfactorio o nos gratifica sensualmente. Tratamos la relación desde una distancia, por decir así, y no como algo en lo cual estamos totalmente involucrados.

Difícilmente nos mostramos a los demás, porque no somos plenamente conscientes de nosotros mismos, y lo que revelamos ante otro en la relación es posesivo, dominante o servil. Está el otro y está uno mismo, dos entidades separadas que mantienen una división permanente hasta que llega la muerte. El otro se interesa en sí mismo –o en sí misma- de modo que esta división se sostiene a lo largo de toda la vida. Por supuesto, uno muestra simpatía, afecto, hay estímulos mutuos, pero este proceso divisivo continúa. Y de ello surge la impropia afirmación de los temperamentos y deseos. Por lo tanto, hay temor y apaciguamiento mutuo. Unos y otros podrán juntarse sexualmente pero esta peculiar y casi estática relación del “tú” y del “mío” se alimenta con las querellas, las injurias, los celos y todo el tormento. Esto se considera en general una buena relación.

Ahora bien: ¿puede la bondad florecer en medio de todo esto? No obstante, la relación es vida, y sin alguna clase de relación uno no puede existir. El ermitaño, el monje, por más que puedan apartarse del mundo, están cargando con el mundo dentro de ellos. Podrán negarlo, podrán reprimirlo, podrán torturarse a sí mismos, pero permanecen envueltos en alguna clase de relación con el mundo porque son el resultado de miles de años de tradición, de superstición y de todo el conocimiento que el hombre ha acumulado a través de milenios. Por tanto, no puede haber escape de todo ello.

Está la relación entre el educador y el estudiante. ¿Mantiene el maestro, consciente o inconscientemente, su sentido de superioridad y permanece así siempre sobre un pedestal, haciendo que el estudiante se sienta inferior, uno que debe ser instruido acerca de todo? Obviamente, en esto no existe la relación. De ahí surge, por parte del estudiante, un sentimiento de tensión y fatiga. En consecuencia, el estudiante aprende desde su juventud esta condición de superioridad; se le hace sentir empequeñecido y, por lo tanto, o se vuelve el agresor a lo largo de toda su vida, o es continuamente acomodadizo y servil.

Una escuela es un lugar en el que se dispone de ocio, y donde el educador y el que ha de ser educado están ambos aprendiendo. Este es el hecho fundamental de la escuela: aprender. Por ocio no queremos decir tener tiempo para uno mismo, aunque eso también es necesario; no significa tomar un libro y sentarse bajo un árbol o en el dormitorio para leer indiferentemente alguna cosa. No significa un estado plácido de la mente. Y por cierto que no significa ser perezoso o emplear el tiempo para soñar despierto. Por ocio entendemos una mente que no está de continuo ocupada con alguna cosa, con un problema, con algún deleite, con algún placer sensorio. Ocio quiere decir una mente que dispone de infinito tiempo para observar; observar qué ocurre alrededor de uno y qué es lo que está ocurriendo dentro de uno mismo. Implica tener tiempo libre para escuchar, para ver claramente,; implica libertad, la cual generalmente se traduce como hacer lo que a uno le plazca, que es lo que de cualquier modo están haciendo los seres humanos, ocasionando con ello muchísimo daño, desdicha y confusión. El ocio significa una mente quieta, significa ausencia de motivo y, por tanto, de dirección. Esto es el ocio, y es únicamente en este estado que la mente puede aprender, no sólo ciencia, historia, matemáticas, sino también aprender acerca de uno mismo; y es en la relación donde podemos aprender acerca de nosotros mismos.

¿Puede todo esto enseñarse en nuestras escuelas? ¿O es algo acerca de lo cual ustedes leen y luego lo memorizan u olvidan? Pero cuando el maestro y el alumno se hallan comprometidos en comprender realmente la verdadera importancia de la relación, entonces están estableciendo en la escuela una verdadera relación entre ellos. Esto forma parte de la educación, una parte mucho más importante que el enseñar meramente cuestiones académicas.

La relación requiere una gran dosis de inteligencia, la que no puede enseñarse ni adquirirse de los libros. No es el resultado acumulado por una gran experiencia. El conocimiento no es inteligencia. La inteligencia puede usar el conocimiento. El conocimiento puede ser agudo, brillante y utilitario, pero no es inteligencia. La inteligencia adviene natural y fácilmente cuando uno ve toda la naturaleza y estructura de la relación. Por eso resulta importante disponer de ocio a fin de que el hombre o la mujer, el maestro o el estudiante puedan tranquila y seriamente discutir acerca de su relación, en la que las verdaderas reacciones, susceptibilidades y barreras de cada uno son vistas, no imaginadas, no retorcidas por la complacencia mutua ni reprimidas para el apaciguamiento del otro.

Ciertamente, ésta es la función de una escuela; ayudar al estudiante a despertar su inteligencia y a aprender la inmensa importancia de la verdadera relación.

 

15 de Octubre de 1978

Aparentemente, la mayoría de las personas pierde muchísimo tiempo en discutir la mera claridad verbal y no parece captar la profundidad y el contenido que está más allá de las palabras. En el intento de buscar claridad verbal, vuelven mecánicas sus mentes, y la vida se convierte en algo superficial y muy a menudo contradictorio. En estas cartas no estamos interesados en la comprensión verbal, sino en los hechos cotidianos de nuestra vida. Ese es el punto fundamental de todas estas cartas: no la explicación verbal del hecho sino el hecho mismo. Cuando lo que nos interesa es la claridad verbal y, por ende, una claridad de ideas, nuestra vida es conceptual y no factual.

Todos los ideales, las teorías, los principios, son conceptuales. Los conceptos pueden ser deshonestos, hipócritas e ilusorios. Uno puede tener cualquier cantidad de conceptos e ideales, pero éstos nada tiene que ver con los cotidianos acontecimientos de nuestra vida. La gente se nutre de ideales; cuanto más fantásticos son, más nobles se les considera; pero la comprensión de los eventos cotidianos es mucho más importante que los ideales. Si nuestra mente está atiborrada de conceptos, ideales, etcétera, el hecho, el acontecimiento real nunca puede ser encarado. El concepto se convierte en un bloqueo. Cuando todo esto se comprende muy claramente –no con una comprensión intelectual o verbal- la importancia inmensa de enfrentarse a un hecho, a lo real, al ahora, se vuelve el factor fundamental en nuestra educación.

La política es alguna clase de enfermedad universal basada en conceptos, y la religión es emocionalismo romántico e imaginario. Cuando usted observa lo que ocurre realmente, ve que todo aquello es una indicación del pensar conceptual y un modo de evitar la desdicha cotidiana, la confusión y el dolor de nuestras vidas.

La bondad no puede florecer en el terreno del temor. En este terreno hay una gran variedad de temores, el temor de lo inmediato y los temores de muchos mañanas. El temor no es un concepto, pero la explicación del temor es conceptual, y estas explicaciones varían de un experto a otro, de uno a otro intelectual. La explicación no es importante; lo que sí tiene importancia es enfrentarse al hecho del temor.

En todas nuestras escuelas, el educador y los que son responsables por los estudiantes, ya sea en la clase, en el campo de deportes o en sus habitaciones, tienen la responsabilidad de ver que no surja el temor en ninguna de sus formas. El educador no debe despertar temor en el estudiante.

Esto no es conceptual, porque el educador mismo comprende, no sólo verbalmente, que el temor en cualquiera de sus formas mutila la mente, destruye la sensibilidad, contrae los sentidos. El temor es la pesada carga que el hombre siempre ha llevado consigo. De este temor surgen diversas formas de superstición: religiosa, científica, imaginaria. Uno vive en un mundo de artificio, y la esencia del mundo conceptual nace del temor.

Dijimos anteriormente que el hombre no puede vivir sin relación, y esta relación no es sólo la de su propia vida privada sino que, en el caso de un educador, éste tiene una relación directa con el estudiante. Si en esta relación existe alguna clase de temor, entonces el maestro no puede ayudar al estudiante a que se libere del temor. El estudiante llega desde un ambiente de miedo, de autoridad, llega con toda clase de impresiones y apremios reales e imaginarios. El educador también tiene sus propios temores y tensiones; no será capaz de producir la comprensión de la naturaleza del temor si él mismo no ha descubierto la raíz de sus propios temores. No es que primero deba hallarse libre de sus temores a fin de ayudar al estudiante a que se libere de los suyos, sino que en la relación diaria entre ellos, en la conversación, en clase, el maestro señalará el hecho de que él mismo experimenta temor, al igual que el estudiante, y así podrán explorar juntos la total naturaleza y estructura del temor. Pero debe indicarse que ésta no es una actitud confesional por parte del maestro. El sólo está estableciendo un hecho, sin ningún énfasis emocional o personal. Es como tener una conversación entre dos buenos amigos. Esto requiere cierta honestidad y humildad. La humildad no es servilismo, no es un sentimiento derrotista; la humildad no conoce ni la arrogancia ni el orgullo. De modo que el maestro tiene una inmensa responsabilidad, porque la suya es la más noble de todas las profesiones. El ha de producir una nueva generación en el mundo, lo cual asimismo es un hecho y no un concepto. Usted podrá hacer un concepto de un hecho, y así extraviarse entre conceptos, pero lo real permanece siempre. Encarar lo real, el presente y el temor, es la más alta función del educador –no el producir solamente excelencia académica sino, lo que es mucho más importante, la libertad psicológica del estudiante y de él mismo. Cuando se comprende la naturaleza de la libertad, uno elimina toda competencia, en el campo de deportes, en el aula.

¿Es posible eliminar por completo la evaluación comparativa, tanto académica como éticamente? ¿Es posible ayudar al estudiante a que no piense competitivamente en el terreno académico y que, no obstante, tenga excelencia en sus estudios, en sus acciones y en su vida de todos los días? Por favor, tenga muy presente que estamos interesados en el florecimiento de la bondad, la que no puede florecer donde hay cualquier tipo de competencia. La competencia se da solamente donde hay comparación, y la comparación no produce excelencia. Estas escuelas existen fundamentalmente para ayudar tanto al estudiante como al maestro a florecer en la bondad. Esto exige excelencia en la conducta, en la acción y en las relaciones. Este es nuestro intento y la razón de que se hayan creado estas escuelas; no para producir meros profesionales de carrera sino para dar origen a la excelencia del espíritu.

En nuestra próxima carta continuaremos con la naturaleza del temor; no con la palabra temor sino con el hecho real del temor.

 

Krishnamurti, Jiddu (1996). Cartas a las Escuelas I. Editorial Kier, Argentina

www.valores-mexico.org

 

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